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Negocios

Informe especial: la pelea de los "semilleros" argentinos para competir con Monsanto

El controversial mercado de transgénicos está concentrado en un puñado de compañías a escala global: modificar genéticamente una semilla para hacerla mejor —más resistente— puede llevar 10 años y costar más de US$ 100 millones. Esto deja afuera del negocio a las empresas argentinas que se centran, hoy, solamente en el mejoramiento genético. Una nueva ola de métodos de “breeding”, sin embargo, podría poner patas para arriba a los reguladores y abrir a la genética argentina al mundo: no por la puerta, sino por la ventana

Por FLORENCIA PULLA - 26 de Marzo 2018
Informe especial: la pelea de los "semilleros" argentinos para competir con Monsanto

Las primeras tres exportaciones del país—harina de soja, maíz y aceite de soja, respectivamente— le deben a la pampa húmeda, fértil, su predominio. El área cultivable es, después de todo, de las mayores del mundo: 31 millones de hectáreas puestas al servicio del cultivo de granos; el décimo país que más territorio le dedica a la agricultura según la Food and Agriculture Organization (FAO). Este predominio no es casual ni sucedió de un día para el otro. Hace más de un siglo, el camino al capitalismo estaba, como hoy,sembrado de promesas. Empezaba, así, la historia de la pampa gringa y, también, nacía el mito: Argentina, “granero del mundo”. Hoy,se exportan más de 90 por ciento de los alimentos que se producen,suficientes para alimentar a 450 millones de personas, 10 veces la población local.

El dato no es menor. Según cifras de la ONU, para 2050 la población global aumentaría de 7.800 millones —hoy— a 9.700 millones y, al arañar el próximo siglo, la cifra se elevaría a 11.000millones, con un foco de crecimiento especialmente importante en lo que se denominan los“países en vías de desarrollo”. A todos habrá que alimentar. Ganar área cultivable es un proceso difícil, cuando no imposible, pero la agricultura es creativa. Se rige por conceptos muy claros: si no se puede aumentar la extensión, dicen, la pulseada contra la naturaleza se gana aumentando el rendimiento, el famoso “rinde”. En otras palabras, a más consumidores, el camino es, irremediablemente, aumentarla productividad por hectárea.

La ciencia—en concreto, la biotecnología— ha sido una herramienta clave para profesionalizar un sector otrora informal. La revolución verde, con su uso de variedades mejoradas, pesticidas y mejores fertilizantes, implicó un cambio de paradigma respecto a la agricultura tradicional que se practicó durante siglos. Los grandes players del sector — que producen semillas, transgénicos, desarrollan agroquímicos y presentan soluciones para una agricultura de precisión—y los agricultores a cargo de la toma de decisiones tuvieron que navegar estas aguas, no siempre tranquilas, con intereses en común y, por momentos, opuestos.

En este mercado concentrado—que mezcla inversiones a largo plazo, riesgo, regulaciones e innovación—la Argentina tiene un rol para jugar. Pero la cancha está complicada. La “pelota” en esta analogía futbolera es la semilla; el principio de la vida. Aunque existen desde hace años empresas de mejoramiento genético en el país—Nidera, Bioceres, Don Mario, entre varias otras—, nuevas técnicas de breeding y la posibilidad de generar eventos transgénicos a menor costo están poniendo a las empresas argentinas en el mapa. Son otra clase de “brotes verdes”: crecimiento económico, sí, pero ligado a la economía del conocimiento aplicada al sector de mayor potencial exportador, el agro. La carrera, para las “semilleras” argentinas, ya empezó hace rato. El negocio en disputa no es menor:según Statista, las seis compañías más importantes valen no menos de US$ 60.000 millones.

Un mercado particular

La competencia, sin embargo, es dura. En los últimos años, el sector de las semillas vio varias fusiones y adquisiciones que modificaron el mercado. Bayer compró Monsanto — una fusión que todavía requiere la aprobación en varios paí- ses en los que opera— por US$ 66.000 millones; Dow y Dupont llevaron a cabo, el año pasado, una “mega fusión” que elevaría el market cap de la nueva empresa a US$ 130.000 millones. Estas dos movidas, sumadas a la compra de Syngenta por ChemChina en US$ 43.000millones, pusieron patas para arriba al negocio. En menos de dos años, las “big six” semilleras a escala global pasaron a ser, en realidad, “big four”: Monsanto y Bayer, por un lado; Dow Dupont, por el otro; Syngenta (y Chem China) y, sola, la alemana Basf.

Esta rápida hiperconcentración tiene que ver con el modelo de negocios: se requiere grandes inversiones en investigación y desarrollo para crear semillas cada vez más “inteligentes”. Como sucedió en muchas otras industrias, las semillas de hoy se han aggiornado y ya no son las de antaño. Si bien los agricultores se valieron, durante siglos, de la genética “tradicional” para cruzar variedades y generar híbridos —más resistentes o más apetitosos— y así torcerle el brazo a la naturaleza, las técnicas de laboratorio que se utilizan hoy son un tanto más complejas. Se estima que llevar una nueva variedad al mercado demanda, al menos, US$ 100 millones y una década de puesta a punto para lograrla obtención de patentes y llevar el producto al mercado.

US$ 100 MILLONES
La inversión que se necesita para lograr un trait biotecnológico.


10 AÑOS
La cantidad de tiempo que una semilla tarda en salir al mercado.


450 MILLONES
Es la cantidad de toneladas de alimento que produce el país.

Una de las técnicas que más se utilizan hoy es la—siempre controversial— transgenia. Para crear un “evento transgénico” —o “trait” como se lo conoce en la jerga— se le roba información genética particular a un organismo. Puede ser, por ejemplo, una proteína especial en una bacteria que la haga resistente a cierto pesticida, como hace Monsanto con su soja Roundup Ready (RR) resistente al glifosato— y se la implanta en el núcleo de la planta, creando así una semillamodificada.Cuando un agricultor planta una semilla de esas características tiene una ventaja adicional por sobre el que no: puede rociar sus campos con glifosato, por ejemplo, y sus plantas no morirán junto con las malezas que pretenden devorarlas y arruinarla cosecha.“La inserción genética tiene miles de años. Las tribus más antiguas elegían ciertas características y las reproducían. Las espigas de trigo, por ejemplo, no son naturalmente altas. Hoy, sobre ese chasis genético se agregan eventos transgénicos, que son transcripciones de ADN que le sacan a una especie y se la pasan a otra. Eso le dio un empujón muy importante a la agricultura”, explica Lucas Burzaco, ingeniero agrónomo, asesor y consultor de empresas agropecuarias.

Estos desarrollos, sin embargo, se dan solo en algunos lugares del mundo. “Son pocos los países que se pueden sentar en la mesa y producir semillas con eventos;son menos de siete”, dice Iván Ordóñez, consultor en agronegocios y aguerrido promotor de la soja en Twitter. “El desarrollo de eventos a escala se hace, principalmente, en los Estados Unidos y un poco en otros países ricos como Israel. Argentina es de los pocos que se animó a hacer algo.”

La excepción está en Rosario. La argentina Bioceres — que está próxima a realizar su IPO en los Estados Unidos— desarrolló un trigo resistente a la sequía, una de las pocas semillas transgénicas 100 por ciento argentinas que, todavía, está en proceso de ser desregulada. “El descubrimiento lo hicieron en la Universidad Nacional del Litoral (UNL) a principios del 2000,” cuenta Federico Trucco, director de la compañía a INFOTECHNOLOGY. “En esa época Monsanto y Basf tenían un joint venture para generar tecnología resistente a la sequía y no lograban desarrollarla. Se estudió pasar los genes del cactus a la soja pero no funcionó: eran plantas resistentes pero no rendían. Lo que se descubrió en la UNL fue que, en realidad, había que ‘engañar’ a la planta para que no necesite más agua. Con eso lograron un rinde 20 por ciento mayor. Ese descubrimiento no fue intuitivo y hoy es el estado del arte; lo que todos quieren hacer.”

Bioceres lo logró con un quinto de lo que, dicen los grandes semilleros, invierten en producir un evento: US$ 20 millones sobre los típicos US$ 100 millones. “Es lo lindo de trabajar en la sociedad del conocimiento: el recurso económico no te garantiza el éxito. Es hacer,siempre, algo que otro no hizo; usar la creatividad humana. La Argentina tiene recursos de altísima calidad y este desarrollo se hizo en ese esquema.”

"El desarrollo es global. Elbreeding es de cada mercado"
Juan Farinati, presidente de Monsanto.

También hay instancias de investigación en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y en la facultad de Agricultura de la Universidad de Buenos Aires(UBA). El INTA, cuenta Marcelo Labarta —a cargo de la gerencia de gestión de convenios de vinculación tecnológica—desarrolló en su instituto en Castelar alfalfa resistente a determinados herbicidas. Juan  Cagnola, becario posdoctoral del Conicet, participó, también, de la investigación para entender por qué se abortan los granos del maíz durante una sequía e identificaron a los genes culpables del evento. “Nos permite saber cómo es el mecanismo; hay mucha incertidumbre sobre la muerte de esos granos. Identificamos uno de los caminos posibles que después, quizás, pueda llevar a un mejoramiento.” Falta convertir ese saber en producto, algo a lo que apunta Ordóñez en su análisis. “Hay que transformar un evento en producto. Pero el proceso de desregulación puede llevar varios años y eso sí demanda mucho dinero”.

El resto de los players privados se dedica, en la Argentina, principalmente al mejoramiento genético.

Para las multinacionales la explicación es simple:se importan las semillas, creadas en hubs en el exterior, y se las adapta con equipos locales. Juan Farinati, presidente de Monsanto en la Argentina, explica la lógica detrás. “Si el desarrollo de traits se hiciese solo en la Argentina,se perdería la oportunidad de trabajar durante todo el año. Entonces, en general, las investigaciones se hacen en diferentes laboratorios y después, sobre eso, se hacen desarrollos genéticos para algún mercado en particular. Las condiciones agroecológicas de la Argentina son diferentes, por ejemplo, de las de Brasil. Y entonces hay que tener un programa de mejoramiento local que permita que la semilla sea competitiva. Se necesitan híbridos para cada región.” Antonio Aracre, director general de Syngenta para el sur de la región, agrega sus dos centavos. “No sería eficiente hacer investigación básica  en todos los mercados del mundo. Pero sí hacer desarrollo. Y no es menor porque eso también implica muchas inversiones.”

Ese “long tail” de mejoramiento genético encuentra en la Argentina a sus mejores socios. Y eso, en parte, explica la especialización. Empresas como Nidera o Don Mario se dedicaron, durante años, a hacer mejoramiento genético local solamente: agarrar semillas con eventos transgénicos de otros —como el RR— y crear variedades mejores para el agricultor local. Ponerle “el motor” a ese avión que son las semillas genéticamente modificadas de otros. No les fue mal. Hoy, la empresa de Gerardo Bartolomé,GDM —Grupo Don Mario, con unidades de negocio en Brasil, los Estados Unidos y en otros mercados relevantes para la agricultura—tiene 32 por ciento del marketshare en soja en América del Sur según estimaciones del propio Bartolomé. La genética de GDM está presente en 50 por ciento de las hectáreas cultivables del país, siempre sobre la soja RR de Monsanto que es la “reina” en la Argentina.

Mientras tanto, Nidera —que era parte del gigante chino Cofco— sufrió otro destino: a principios de 2018 Syngenta anunció su adquisición para entrar, finalmente, al negocio de las semillas. Aracre no reveló la cifra pero sí dijo que era “la adquisición más importante en la historia de la compañía”. Genética argentina al mundo. Ninguna se dedicó, hasta ahora, a la creación de eventos transgénicos que, se estima, representa 50 por ciento de la torta del negocio de semillas. La razón es, otra vez, un tema de costos y regulatorio. Trucco arriesga una explicación. “Son desarrollos de muchísimo tiempo y se necesita una espalda financiera importante y reglas claras para su comercialización. Los sistemas regulatorios también son complejos de sortear. No solo se produce la semilla sino también el grano y en la desregulación se hace un cuello de botella.” De hecho, todavía el maíz transgénico desarrollado por Bioceres no ha encontrado el“ok”regulatorio para poder venderse siquiera a escala local.

Labarta, delINTA, ensaya una respuesta de por qué los actores estatales no se han puesto al servicio del desarrollo de traits, siendo éste un negocio tan lucrativo. “La etapa de introducir un descubrimiento en una variedad mejorada y llevarla al mercado es muy oneroso.”

Para algunas empresas, es un tema de especialización: llegar donde las grandes no llegan. Bartolomé, en soja, es imbatible y durante 30 años perfeccionó esa estrategia. “Sí, entrar al negocio de los eventos es complicado y muy costoso — cuenta desde la sede de su empresa en San Isidro en una charla exclusiva conINFOTECHNOLOGY—y,por eso, no hemos puesto un pie allí todavía. Creemos mucho en el foco y en la especialización. Hemos sido exitosos porque nos hemos concentrado mucho en el mejoramiento de la soja. Las empresas más grandes tienen agroquímicos, traits, germoplasma. Ellos quieren generar una visión completa. Pero el productor, al final, elige de cada quien lo que más le conviene.”

Que no siempre funciona

Es un sistema bien aceitado; la globalización puesta al servicio de las semillas. Macondo y McDonald’s. Sin embargo, en la Argentina, los engranajes no siempre encajan. Las grandes inversiones requieren, en general, de un repago que las haga viables y de un marco regulatorio que les de certezas para impulsar las inversiones. En el país, faltan ambas y esa es la puja entre productores, cámaras sectoriales, el Estado y las empresas privadas.

“Al productor le cambió la vida usar semillas con traits —reconoce a INFOTECHNOLOGY  Gonzalo Villegas, director de la Sociedad Rural Argentina—y es lo que se viene. Por las características de la agricultura en nuestro país en los últimos años, en la que se han achicado mucho los márgenes, la incorporación de tecnología ha sido muy rápida. Pero hay eventos que hoy no llegan porque el productor local no quiere pagar y hace abuso del uso propio.”

En la Argentina, las semillas inteligentes están protegidas por la ley de patentes. Pero muchos productores se respaldan en la letra chica de la actual ley de semillas (20.247), sancionada en 1973, para esquivar ciertos controles. Por caso, el llamado “uso propio” es, de todo, la parte más controversial de la ley. Implica que, bajo los parámetros actuales, los agricultores —grandes o chicos; de subsistencia o con varios cientos de hectáreas en su haber— puedan reutilizar las semillas sin pagar un royalty por eso, como sucede en otros países. “La ley contempla el uso propio del productor.Ahora, ese uso propio, para ser justo, tiene que cumplir ciertas condiciones: tiene que ser para el agricultor y no para el pool de siembra. Son semillas que son para su propio campo y no para regalar a otros. Está perfecto que, si compra 10 bolsas de semillas, se guarde una para plantar el año que viene”, explica Labarta.

La agricultura funcionó, durante milenios, en comunidad: productores que compartían sus mejores semillas con su vecino para mejorar el material genético a través de generaciones. El uso propio contemplaba, entre otras cosas, esta práctica.Hoy, algunos productores se valen de la venta de “bolsas blancas”—silo bolsas con material genético protegido— para amortizar la inversión en semillas creadas en laboratorio, una práctica ilegal. Se pueden usar, sí, pero no se pueden vender. “Hay que conservar el uso propio —reconoce Villegas— pero pagando un royalty. Hoy, el poder de policía lo tiene el Instituto Nacional de Semillas (Inase) que no tiene los medios para revisar los lotes donde sabe que hay productores que hacen las cosas mal.” (Consultados por este medio,tanto el Inase como el Ministerio de Agroindustria declinaron participar de la nota.)

US$ 25
Lo que saldría, por héctarea, pagar derechos por semillas con traits.


20.247 Es la vieja ley de semillas, vigente desde 1973.


5% El porcentaje de mercado en soja que la argentina GDM quiere ganar en los Estados Unidos.

Para las empresas privadas es el gran talón de Aquiles de su modelo de negocios y por el que más pelean. Lograron, a fines del año pasado, arrancarle una promesa y un compromiso al flamante ministro de Agroindustria, Luis Miguel Etchevehere: presentar un proyecto de ley que contemple los usos de la biotecnología aplicada en la semilla. “Hay que reconocer que en la semilla hay inversión. Se reunió toda la cadena productiva a fin de año para llegar a un acuerdo respecto al tema del uso propio: hay que pagar una regalía y ahí hay consenso. Si no, no se puede reinvertir ese dinero. La Argentina está dando un paso importante: sin repago, no hay riesgo posible”, dice Gustavo Portis, director para Agro de la alemana Basf.

Para Aracre, de Syngenta, la legislación actual impide a las empresas traer nuevos productos al mercado. “Las malezas son cada vez más resistentes y hay dos o tres tecnologías que perfectamente se podrían aplicar ahora y que no se van a lanzar,” agrega,tajante. Portis comparte la idea:“El agricultor argentino toma riesgos y adapta muy rápido nuevas tecnologías. Pero en la Argentina, no están todas las semillas disponibles. Ha habido una desinversión muy fuerte. Hoy, es un campo que podemos ganar”. Hay, finalmente, acuerdo entre las asociaciones, con diferentes perspectivas. Tanto la Federación Agraria Argentina (FAA) —que contempla al pequeño y mediano productor rural— como la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA) presentarán proyectos propios, enfocados en cuidar la definición del uso propio y no dejar afuera del mercado a quienes han sido más castigados por la rentabilidad. “Hoy, 60 por ciento de la agricultura local se hace sobre campos alquilados. Los márgenes son complicados: las retenciones a la soja siguen siendo altas y eso quita rentabilidad. El agricultor busca atajos por todos lados y la tecnología es una manera de lograr más productividad y más ganancias. Pero la verdad es que si ponés Intacta (NdE: una soja RR2 de Monsanto para control de malezas y plagas, con mayor rinde) más germoplasma nuestro,son US$ 25 por hectárea. Sobre un campo alquilado,son US$ 500. No es nada. Si no lo hacemos, la Argentina corre el riesgo de quedarse lejos de otros países como Brasil o losEstadosUnidos”, esgrima Bartolomé.

Cierto riesgo de cartelización está siempre presente en el aire. “Son pocas las empresas que hoy son dueñas de las semillas —reconoce Villegas— y lo importante es preservarla diversidad genética. Puede pasar que el día demañana no haya muchas opciones. Esa es la presión de las grandes empresas sobre los productores. El precio tiene que ser acorde: no se pueden cobrar igual las variedades siete y cuatro, por ejemplo; hoy, es lo mismo.”

Para Ordóñez, la controversia entre “piratas” y “tanques” no es tal. “La nueva ley tiene que mantener los derechos de los productores agrícolas, entender que no todo es comerciable: si alguien en el NOA quiere intercambiar semillas de papa, están en todo su derecho y la ley no tiene que ocuparse de ellos. Pero también hay que cuidar la libertad de las empresas que necesitan desarrollar estrategias comerciales para monetizar su inversión. El Estado tiene la obligación de incentivar que se desarrollen más semillas.” Trucco entiende que,más allá de la nueva ley,su implementación será difícil. “Es un tema cultural. Si hoy se está dando es más por una iniciativa privada que por lo que haya hecho el sector público.”

Una nueva esperanza

El escenario es complejo. Por un lado, están las grandes empresas, con la espalda para producir traits, en un mercado cada vez más concentrado. Por el otro, el repago por el esfuerzo no está garantizado. Eso pone a un puñado de empresas argentinas con el know-how y el dinero para “ir a las grandes ligas” en un aprieto: ¿deberían invertir para crear semillas transgénicas a sabiendas de que su desregulación será difícil y que, en el mejor de los casos,tendrán que evangelizar al productor de que es una buena idea pagar por tecnología?

Un camino alternativo se está desarrollando en el mundo. Son las llamadas“New Breeding Techniques”(NBT),métodos que mezclan las cisgenia con nuevas técnicas de manipulación genética de precisión como CRISPR. Versus la transgenia, tiene varias diferencias: no se trata de implantar características de una especie —como una bacteria— a otra, sino de manipular el genoma de ese producto vegetal para que tenga las características deseadas. Si se busca un maíz resistente a la sequía se lo puede manipular mediante CRISPR —u otros métodos de la biotecnología— sin tener que incorporarle información de una especie diferente. En otras palabras, seguir haciendo el breeding de siempre pero mucho más rápido y preciso.

Tiene, además, otros beneficios extra. Al no ser considerado un evento transgénico, la semilla no está sujeta a tantos procesos de desregulación que son los que encarecen su desarrollo y alargan el time to market. Y dado que los transgénicos—y sus malos usos—tienen mala prensa, esto permitiría lograr productos alternativos que le escapen al mote de genéticamente modificado, o “GMO”. No es orgánico pero tampoco transgénico.

"Las NBT van a democratizar el mercado de traits"
Gerardo Bartolomé, presidente de GDM.

En varios países, la decisión estatal respecto a qué hacer con estas nuevas semillas está en pausa. Estados Unidos, que es el mercado de mayor concentración de semillas transgénicas del mundo, mantiene una definición de transgénicos previa a los grandes desarrollos biotecnológicos que conocemos hoy. Allí, se habla de un “agujero en la legislación”: una manera de entrar, por la ventana y no por la puerta, al mercado de los traits. En un mercado en el que casi la mitad de los consumidores reconocen cierta incertidumbre respecto a los alimentos transgénicos, esto permitiría obtener un precio diferencial por el grano.

Pero la legislación está en pañales y muchos agricultores no saben todavía si vale la pena el riesgo. Algunas decisiones regulatorias en determinados países, como Nueva Zelanda, no han sido del todo auspiciosas. Allí, las semillas con traits creadas a partir de NBT son consideradas transgénicas a pesar de no cruzar la barrera de las especies. En China, uno de los mayores compradores de granos del mundo,todavía no tomaron una decisión, quizás la definitiva, sobre este tema. Lo mismo en Europa, donde las semillas transgénicas están prohibidas en mercados como Francia, Alemania y Rusia. Admitir semillas modificadas a través de NBT podría abrir, así, nuevos mercados para los desarrolladores de traits.

A pesar de la incertidumbre regulatoria, para quienes están en la parte del desarrollo de producto, es una oportunidad; un atajo para meterse en un negocio de pocos nombres y llevar más variedad al agricultor. En palabras de Ricardo Yapur, presidente de Rizobacter (hoy, parte de Bioceres): “Las empresas multinacionales son como las piedras:mientras más grandes, más espacio dejan entre ellas. Hay negocios de nicho”.

Bartolomé es de esta idea. Su ambición—llegar al corn belt estadounidense y hacerse de 5 por ciento del mercado de la soja de ese país—podría acelerarse con las NBTy es con vista a este mercado, especialmente, que montará un laboratorio en Londrina, Brasil, para hacer edición genética y cultivo de tejidos. Él es categórico en su entusiasmo. “El mercado de traits genéticos está concentrado. Las NBT vienen a democratizarlo. Es la próxima revolución tecnológica del mejoramiento en soja, en trigo, en muchos cultivos.”

Aunque de uso incipiente —todavía hay que explicar de qué se trata y qué mejoras tendría una semilla nueva— en algunos mercados ya nacieron emprendimientos biotecnológicos dedicados exclusivamente a esta manipulación genética de precisión para la creación de mejores variedades vegetales. “En los Estados Unidos lo están haciendo algunas startups ya, con bastante éxito. Es una discusión que todavía se está dando en el mundo: en la Argentina, los Estados Unidos e Israel lo están analizando caso por caso. Para nosotros, la edición génica no es diferente a desarrollar germoplasma, que es lo que venimos haciendo. Son, después de todo, características agronómicas las que se buscan y, por eso, deberían ser desregulables”.

Trucco, que es optimista respecto a lograr su IPO cuando vuelva la estabilidad a los mercados financieros, reconoce que en Bioceres vienen trabajando hace varios años en NBT, desde tilling, un sistema de mutagénesis dirigido, hasta CRISPR, de lo último en edición génica.“Son muy útiles para lograr buenos atributos de calidad, como pueden ser modificaciones en el perfil de ácidos grasos de una oleaginosa o la eliminación de algún componente antinutritivo. La verdad es que los tiempos de desarrollo de productos y de las evaluaciones de agencias regulatorias tienden a ser mucho más cortos, bajando significativamente el monto de la inversión.”

Pero pone paños fríos sobre la “revolución” que pronostica Bartolomé. “Las NBT tienen limitaciones. Por ejemplo, operan sobre pequeñas modificaciones sobre genes existentes en las especies de interés; si se necesitan introducir modificaciones significativas o nuevos genes, entonces se necesita de una transformación genética no menor para lograr el atributo deseado”. En otras palabras, podría haber más variedad pero para los grandes saltos productivos se necesita, todavía, de las técnicas convencionales.

Las NBT se presentan, sin embargo, como novedad en congresos y roadshows para vender granos. Los beneficios para las empresas que puedan meterse por la ventana en el mercado de traits son obvios. Pero hoy, no son muchas las empresas a escala local que tienen el músculo para hacerlo. “La clave es tener equipos que puedan adoptar las NBT con velocidad y son pocas las empresas que ya tienen la estructura para hacerlo”, reconoce Ordóñez.

La velocidad de experimentación que prometen las nuevas herramientas biotecnológicas, sin embargo, podrían cambiar ese escenario en el cortoplazo.No son,todavía, la revolución de los transgénicos resistentes a herbicidas que hicieron de Monsanto la empresa favorita de los agricultores argentinos. Pero,silenciosas, están emergiendo otra clase de compañías de origen biotecnológico que quieren poner a la Argentina en el concierto de nacionales que se animan a generar eventos. “Es el futuro. La tecnología aplicada a la agricultura tiene que ser la plataforma de creación de valor y de empleo en la Argentina. No podemos quedarnos solo en la producción de granos. Son pocas pero lo que están haciendo las empresas argentinas hoy hay que defenderlo”, dice Ordóñez. Hoy, en el país, no solo de granos vive el hombre. La batalla por entrar a la economía del conocimiento se da en el campo pero también en los laboratorios.



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2 Comentarios

Chris MB Reportar Responder

Mucha suerte en la cruzada.

Norberto Battilana Reportar Responder

Por fin alguien compite, eso es el futuro.

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