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“Talentos ocultos” de la ciencia argentina

La película “Hidden Figures” pone en relieve las dificultades que las mujeres tuvieron que enfrentar para trabajar en lugares que se dedican al desarrollo de la ciencia y la técnica. La historia sucede en la agencia espacial estadounidense (Nasa) pero en la Argentina también existieron pioneras que hicieron camino al andar.

04 de Abril 2017
“Talentos ocultos” de la ciencia argentina

La película cuenta la historia de la matemática, Katherine Goble, la aspirante a ingeniera, Mary Jackson, y la supervisora de las “computadoras” —como se llamaba entonces a las personas encargadas de hacer cálculos cuando no existía la tecnología para comprobarlos rápido—, Dorothy Vaughan. El contexto, en esta historia, importa. En principio, porque las tres científicas protagonistas son afroamericanas y tienen que hacer su trabajo en áreas segregadas de la Nasa, cuando todavía en 1961 existían las famosas leyes Jim Crowe que así lo imponían. Pero también por- que la carrera espacial se hacía sentir con fuerza en los planes científicos de la época y la película está atravesada por la Guerra Fría y las ganas de ser la primera potencia en poner a un hombre en la luna.

De hecho, lo que catapulta el ascenso de Goble a un equipo de elite encargado de mandar a John Glenn al espacio fue el éxito soviético en lograr un primer recorrido alrededor de la órbita de la tierra.  Lo cierto es que Goble, Jackson y Vaughan lograron superar estas adversidades sociales que se suman a otras, como la discriminación que enfrentaron en sus comunidades por ser  madres  profesionales en una época en la que no estaba del todo naturalizado el proceso. Es, después de todo, una película de Hollywood: Goble logra, finalmente, impresionar a su jefe (interpretado por Kevin Costner), convirtiéndose en su mano derecha y siendo instrumental en el exitoso aterrizaje de John Glenn, la parte más complicada del proceso; Jackson peticiona con rigurosidad a un juez de su distrito para que le permita tomar cursos destinados para hombres blancos, en escuelas segregadas, para conseguir los créditos necesarios para ser ingeniera; y Vaughan aprende a programar en Fortran, uno de los primeros lenguajes de programación, y se convierte en la supervisora de unas nuevas computadoras, esta vez reales, de la compañía IBM.

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En la vida real, las cosas fueron menos espectaculares, pero no por eso menos significativas. En la Nasa, una agencia federal, los espacios segregados —baños, comedores, bebederos— fueron desterrados en 1959, antes de 1961, el año en el que transcurre la trama. Y, de hecho, Dorothy Vaughan ya había sido nombrada supervisora en 1949, cuando la Nasa se llamaba Naca, siendo la primera afroamericana en liderar equipos y una de las pocas mujeres en hacerlo. Mary Jackson logró completar los cursos para aplicar a un programa de ingeniería y se convirtió en la primera ingeniera negra en la agencia, en 1958.  Y Katherine Goble se unió al grupo —llamado Space Task Gro up— en 1958 y ya para 1960 estaba cofirmando papers con otros ingenieros del grupo, la primera mujer en hacerlo. Además, calculó las trayectorias de las misiones de Apollo 11 y 13. En 2015, el entonces presidente Barack Obama le otorgó una medalla especial —la Presidential Medal of Freedom— por sus aportes a la ciencia del país del norte y rebautizó a uno de los complejos de investigación en Langley —la ciudad en donde se desarrolla la película— con su nombre, en 2016.

 

Primera de muchas

La comunidad científica siempre intenta alejarse de categorías que la presenten como el esfuerzo del ingenio individual de una persona. Carl Sagan lo explicaba bien en su serie “Cosmos”: “Estamos parados sobre los hombros de gigantes”. En otras palabras, todo progreso científico, toda innovación que consideramos original, se inspira en trabajos anteriores; la ciencia toda es un proceso colectivo.  Las mujeres de “Hidden Figures” tienen en común haber sido extraordinarias pero, también, las primeras en haber alcanzado determinados hitos.

Comparten el honor, Ada Lovelace, considerada la primera programadora de la historia; o Marie Curie, la física-química que, junto a su marido, construyó la base sobre la cual se escribió todo lo que existe respecto a la radioactividad y, por eso, fue   galardonada con  el  Premio Nobel en dos    categorías (en Física y Química), siendo la primera persona en lograrlo y la única mujer todavía en ostentar el título.

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La Argentina también tiene algunas primeras mujeres que hicieron historia. Los nombres quizás resulten conocidos para quienes pasan tiempo en Puerto Madero: en sus calles están algunas de las pioneras de la ciencia argentina. Es el caso de Cecilia Grierson, la primera médica argentina. De padres irlandeses, Grierson fue, como tantas mujeres antes y después de ella, maestra primaria, una pasión que no la abandonó incluso cuando, después de que su mejor amiga muriese producto de una enfermedad respiratoria, decidiese estudiar Medicina. Fue la primera mujer en recibirse, en 1889, pese a haber recibido descalificaciones de sus profesores y compañeros de estudio, que no estaban acostumbrados a la presencia de mujeres en sus claustros. Como ningún reglamento interno de la Universidad de Buenos Aires (UBA) —donde se gradúo— lo impedía, siguió adelante. Tenía un antecedente. Élida Passo ya había logrado estudiar Farmacia y graduarse en 1885, siendo la primera mujer en hacerlo en esa especialidad en toda América del Sur. Quiso seguir Medicina pero el rectorado se lo impidió, por lo que presentó un recurso de amparo que culminó con un veredicto a su favor. Llegó hasta quinto año, antes de morir de tuberculosis.

Dentro de las Ciencias Exactas, también hay historias que marcaron el camino. Pierina Pasotti es considerada una de las primeras geólogas en haber egresado en el país. Aunque tuvo que irse lejos para lograrlo: terminó su doctorado en 1927, en Turín, Italia, recién pudo revalidar su título en   1951  en la  Universidad Nacional de Córdoba. Fue profesora emérita de la Universidad Nacional de Rosario, la primera en recibir tal distinción por su estudio en el campo de las geociencias, y  directora del Instituto de Fisiografía y Geología de la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y  Agrimensura en 1952.

La ingeniería, una rama en la que aún hoy abundan los hombres, tuvo a una mujer entre sus filas recién entrado el siglo 20. En 1917, Elisa Bachofen se graduó como ingeniera Civil, con una tesis acerca de la instalación de una fábrica de hilados y tejidos utilizando algodón en el Chaco. Víctima de la “fuga decerebros” de 1955, abandonó el país con rumbo a Estados Unidos. Es que era una comprometida militante feminista: había integrado, junto con Gabriela Salaberry, Alicia Moreau de Justo y Elvira Sáenz, la Unión Feminista Nacional.  Esos primeros pasos en los diferentes campos del saber, ayudaron. En 2013, por primera vez, el censo nacional marcó más mujeres graduadas de carreras universitarias que hombres. De los 1.929.813 argentinos que completaron su formación universi- taria, 1,1 millón son mujeres, y apenas 879.151, hombres.  En Económicas, desde hace varios años, el 60 por ciento de los graduados son mujeres; ese número asciende a 70 por ciento cuando se trata de Psicología, Odotontología, Ciencias Veterinarias, Farmacia, Bioquímica y Medicina. Los únicos reductos masculinos siguen  estando en Ingeniería, Agronomía y Exactas pero también han perdido terreno. Son ellos, ahora, los que estudian —y trabajan— en un mundo de mujeres

 

Cuarteto de la ciencia local

Andrea Gamarnik

Viróloga. Es jefa del Laboratorio de Virología Molecular de la Fundación Instituto Leloir e investigadora principal del Conicet. Sus investigaciones se centran en los mecanismos de multiplicación del virus del dengue, la hepatitis B y el VIH.

 

Cecilia Bauzat

Bioquímica y biofísica. vicedirectora del Institito de Investigaciones Bioquímicas de Bahía Blanca e investigadora principal del Conicet. Su trabajo se focaliza en entender los preceptos cys-loop que intervienen en la comunicación entre neuronas y músculos, para tratar enfermedades como el Alzheimer.

 

Fabiana Gennari

Ingeniera química. Investigadora del Conicet en el Centro Atómico Bariloche. Lidera, desde 2000, un grupo de trabajo para mejorar los procesos de producción de hidrógeno a partir de energías renovables y limpias. Fue premiada por la Unesco.

 

Raquel Chan

Bióloga. Directora del Centro Biotecnológico del Conicet en Santa Fe. Es responsable del equipo de científicos que creó una semilla más resistente a la sequía. El gen HAHB-4.2 podría duplicar la productividad de la soja, el trigo y el maíz.


Nota publicada en la edición nro. 234 (marzo/2017) de Infotechnology.



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