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El gran golpe: los laboratorios locales pelean por un negocio de US$ 11.000 M

El país está en la pelea por entrar dentro de la lista de países "farmaemergentes". ¿Por qué está oportunidad para grandes empresas y Pymes locales dependen de la regulación? Por MATIAS NAHUEL CASTRO - 21 de Diciembre 2017
El gran golpe: los laboratorios locales pelean por un negocio de US$ 11.000 M

El físico y filósofo argentino Mario Bunge decía que no hay vergüenza en la tarea de quien se dedica a copiar. Argumenta que una copia bien hecha no es una tarea trivial y que requiere el mismo expertise que un trabajo original; una imitación puede tener tanto valor como una innovación. En el mundo de las farmaceúticas se están, más que nunca, dando cuenta de esto.

La irrupción de los llamados biosimilares, productos farmacológicos de origen biológico en lugar de sintéticos químicos, está revolucionado el mundo del desarrollo y el comercio medicinal. Estos productos son clones o imitaciones de fármacos comerciales complejos que perdieron su protección comercial e intelectual. Pronto, el 70 por ciento de los medicamentos patentados con más revenue se enfrentarán a su contrapartida “bio genérica”.

De dónde venimos, a dónde vamos

De lo que se habla es de un evento comparable a la aparición de los genéricos en el mercado, solo que los llamados medicamentos biosimilares pueden imitar a fármacos más complejos como los que se emplean en los tratamientos oncológicos.

“Es como un genérico pero utiliza técnicas biotecnológicas. Los productos sintéticos o de laboratorio no tienen  ciertas modificaciones ulteriores que los organismos vivos tienen como el agregado de azúcares. Se puede producir insulina de bacterias, pero la mejor es la que sale de las células de mamíferos”, explica Federico Prada, biólogo y director de la carrera de Biotecnología y Bioinformática en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE).

"Con la baja de precios el mercado crece porque más gente tiene acceso." -- Eduardo Spitzer, director científico de laboratorios Elea.

Las empresas invierten miles de millones de dólares en el desarrollo de este tipo de medicamentos, que suelen convertirse en lo que se denomina “blockbusters”: medicamentos que recaudan más de US$ 1.000 millones anuales. “Armar sintéticamente un anticuerpo en un laboratorio es imposible. Tienen una estructura muy compleja y muy grande, no se pueden crear con reacciones químicas. Se le tiene que pedir a una célula o hibridoma que fabrique el anticuerpo que se quiere. Porque se producen con un organismo o parte de un organismo biológico se llaman biosimilares o biológicos”, desarrolla Prada.

“Históricamente, las drogas se descubrían a partir de la botánica. Se encontraba un componente químico en una planta que tenía acción farmacológica. La química orgánica del siglo 20 creció mucho y permitió industrializar y realizar síntesis químicas para producir. Bayer encontró cómo producir sintéticamente la molécula del árbol de pino del que sale la aspirina”, expone Eduardo Spitzer, director científico de Laboratorios Elea y experto en biosimilares.

BAJO LA LUPA

Los medicamentos biológicos, entre los que se encuentran los biosimilares, están compuestos por grandes moléculas modificadas genéticamente. El tamaño de las moléculas es lo que  las vuelve tan difíciles de regular en comparación con su contraparte sintética, (el peso molecular) puede ser de 200 a 1.000 veces mayor en los biológicos.

Fue a principios del siglo pasado que empieza a trabajarse con productos biológicos como sueros o extractos a partir de un organismo vivo. “La pionera fue la insulina bovina. Se hacían preparados para los pacientes que eran extraídos del páncreas de las vacas. Ahí entendimos que algunas moléculas necesarias no se pueden obtener en escala productiva y,  en los años 1980, empiezan a aparecer herramientas moleculares de la biología para producir moléculas humanas en otros organismos. El primero fue la hormona de crecimiento recombinante que es la que se produce en la bacteria Escherichia coli. Se injertan genes humanos para que produzcan la proteína humana. Así nacieron las primeras drogas originales”, detalla Spitzer.

El resto, como dicen, fue historia. Al día de hoy, el mercado mundial de medicamentos mueve más de un billón de dólares (millones de millones), de los cuales US$ 220.000 millones corresponden a estos medicamentos biotecnológicos. Se trata del 21 por ciento del total y se proyecta que crecerá al 28 por ciento para 2020, según cifras que maneja la Cámara Industrial de Laboratorios Farmacéuticos Argentinos (Cilfa).

El empuje emergente de esta industria lo atestiguan las más de 80 moléculas terapéuticas que se desarrollaron en los últimos 10 años, que se suman a las más de 200 ya existentes a escala global. Pero los biosimilares apuntan al corazón de la industria farmacéutica: el desarrollo y la innovación.

No es poco el dinero en juego. Los grandes players invierten altas sumas de dinero para encontrar moléculas y activos que prometen convertirse en tratamientos efectivos para mejorar la salud. Destinan, en promedio —analizando las 15 principales compañías del mercado global— unos US$ 5.700 millones cada una, desde Roche (US$ 10.300 millones) hasta Takada (US$ 3.600 millones). Estas 15 líderes invirtieron en total durante el año pasado unos US$ 86.000 millones, cifra que asciende a US$ 120.000 millones si se incluyen las 37 empresas que relevó la consultora especializada Hardman Co. y que publicó en el primer trimestre de este año.

Sobre garras de gigantes

La tecnología de los biosimilares acarrea para el mercado el mismo efecto que los genéricos sintéticos tradicionales. La llegada de los biosimilares expande los mercados y genera competencia, lo que podría ocasionar una baja en los precios. Según Cilfa, se espera una reducción de los costos de entre 20 por ciento y 40 por ciento, lo que implica un ahorro de hasta US$ 100.000 millones en los próximos años solo en Europa y los Estados Unidos.

En el viejo continente hay 28 medicamentos biosimilares aprobados. En los Estados Unidos, únicamente cinco, y solo tras un torbellino de litigios y reclamos por patentes de parte de los laboratorios creadores de los medicamentos originales.

"Elegimos la innovación y no el negocio de los genéricos o biosimilares." -- Daniel Ciriano, director médico de Roche.

Pero el verdadero campo de batalla es el futuro cercano, porque varios biotecnológicos blockbuster perderán su protección de patentes en Europa y los Estados Unidos antes de 2020. En total, siete de los 10 medicamentos más vendidos en el mundo durante el año pasado se enfrentarán al lanzamiento de su biosimilar a corto plazo, según calcula la firma Evaluated Pharma.

Así, drogas como Humira (AbbVie), Rituxan, Avastin y Herceptin (Roche), Remicade (J&J), Enbrel (Amgen) y Lantus (Sanofi), cuyo valor en ventas asciende a los US$ 50.000 millones, conocerán por primera vez la competencia. Al acecho, hay cerca de 50 biosimilares que hoy están en desarrollo en el mundo. Previendo esto, los desarrolladores de los grandes laboratorios prepararon el terreno apuntando los cañones de la propiedad intelectual y, también, desarrollando marcas propias de biosimilares (Novartis tiene Sandoz; Pfizer tiene Pfizer Biosimilars… hasta Samsung tiene una división: Samsung Bioepis).

“Estamos hablando de los biosimilares ahora por la inminente caída de las patentes, pero hace tiempo existe la tecnología”, dice Esteban Corley, director de mABxiemce (ex Pharmadn), una empresa del grupo Insud enfocada específicamente al desarrollo de biosimilares. “Las empresas ahora llamadas biotecnológicas existen en la Argentina desde los años 1980. Biosidus fue pionero global en ingresar al mercado de biosimilares. En esos años se podían fabricar medicamentos similares a los de referencia porque la ley de propiedad no reconocía algunas patentes en el área de los biológicos y biotecnológicos. Esto sucedía en la Argentina y en el mundo”, agrega.

Lo que se defendía legalmente eran, por ejemplo, los procesos o el nombre comercial. “Había un tema fundamental en propiedad intelectual. Un biosimilar se hace introduciendo un gen humano en un sustrato biológico para obtener una proteína para uso humano; los genes no estaban patentados. Ahora para usar un gen producido por otro se necesita que no tenga patente”, relata Marcelo Criscuolo, director ejecutivo de Biosidus, la empresa más grande de biosimilares del país que factura US$ 80 millones anuales de los cuales un cuarto son por ventas locales.

Fue en ese contexto que se empezaron a vencer las patentes. “En 2006 se estableció un marco regulatorio y se emitieron los primeros lineamientos para producir biosimilares. En este momento se adoptó el nombre biosimilar y no genérico por la complejidad molecular de los productos. No podían ser genéricos clásicos”, aclara Corley. Para algunos, la cocina de ese proceso no huele bien.

“Varios productos salieron al mercado cuando todavía no existía ningún tipo de normativa. Hasta el año 2005 había registros de productos nacionales y esos hoy todavía representan 90 por ciento de los biosimilares de fabricación local”, enmarca Federico Montes de Oca, vicepresidente de la Asociación Argentina de Farmacia y Bioquímica Industrial (Safybi).

“A medida que la regulación avanza se crean marcos específicos, desde la necesidad de ensayos clínicos hasta pruebas de comparabilidad y eso hace que a las nacionales se les dificulte innovar o registrar biosimilares. Prácticamente no se hizo en los últimos años, solo se producen. No se alcanza la escala o el nivel de inversión para poder hacer los ensayos que ahora se exigen sobre todo porque el costo del producto de referencia es de US$ 10 millones en promedio”, critica Montes de Oca.

El debate científico sobre la regulación fitosanitaria de los biosimilares es, sin embargo, el menos problemático y los expertos locales concuerdan que los biosimilares que siguen las regulaciones son seguros. El problema radica en el ingreso de los biosimilares recién aprobados al mercado.

“Países como Finlandia, Holanda o Dinamarca argumentan que hace mucho se trabaja con biosimilares, como la insulina, y que pueden ingresar al mercado. Pero Francia o los Estados Unidos dicen que eso sería una locura, que no se puede cambiar un medicamento por otro sin pruebas clínicas”, dice Eduardo Mysler, miembro de la junta asesora del Centro Latinoamericano de Investigación en Biotecnología (Clapbio) y Codirector del Centro Organización Médica de Investigación en la Argentina. Para él, la verdadera pelea, entonces, es por lo que llaman “switching”, la capacidad para intercambiar drogas originales biológicas por biosimilares o biosimilares entre sí.

“En países como Australia se puede hacer automáticamente sin aviso al paciente. Pero ¿quién elige si cambiar un original por un biosimilar: la prepaga para ahorrar o el médico que receta. ¿Quién asume los riesgos y convence al consumidor?”, plantea el médico argentino.

Las empresas argentinas como Amega, al igual que las surcoreanas y las indias, están sumamente interesadas en el switching porque les permite batallar codo a codo con los medicamentos de referencia. Esta es la antesala de los llamados “países farmaemergentes”: aquellos que buscan aceitar su cintura para el concierto internacional con desarrollos propios que les permitan tener soberanía y control. De hecho, Brasil tiene un programa para que las empresas fabriquen en el país productos de necesidad nacional, utilizando su poder como comprador de fármacos en el mercado.

Mercados y estrategias

Las piezas están en su lugar. La caída de las patentes de estos grandes productos es un hecho y a los players les toca hacer sus jugadas. ¿Cómo piensan, ahora, el negocio quienes durante años invirtieron millones para desarrollar las drogas originales de referencia? “La aparición de biosimilares es un hecho natural del mercado. Y para nosotros en el momento en que aparece un biosimilar, que pasó por todas las etapas que exige la regulación que varían, es un elemento más que está a disposición de médicos y pacientes”, dice Daniel Ciriano, director médico regional de Roche, una de las pocas farmaceúticas que decidió no tener una división de biosimilares.

“A nosotros, en realidad, lo que nos importa es seguir desarrollando innovación. No podemos pensar que nos vamos a quedar con el valor que agregamos a un producto para siempre, aunque haya cambiado drásticamente el mercado”, concede Ciriano, y agrega que “es una decisión estratégica. Para nosotros invertir energía en biosimilares no es cumplir con nuestro mandato estratégico, que es hacer hoy lo que vas a necesitar mañana. Elegimos la innovación y no el negocio de los genéticos o los biosimilares, más allá de lo redituables que puedan ser; no es un tema de rentabilidad para nosotros”, concluye.

“La normativa está; el problema de la complejidad molecular está superado. Los precios también son competitivos y ahora hay que convencer al médico de que mi producto es bueno. El Estado y las privadas de salud son los otros grandes interesados. Con la baja de precios, el mercado crece porque más gente accede al tratamiento”, analiza Spitzer. Menos optimista, Prada opina que esto recién comienza.

“No tenemos 40 años de caída de patentes, el mercado está verde todavía, pero ahora es el momento de dar la pelea porque están cayendo los blockbuster. Se va a demostrar cuán ágil y cuánta cintura tiene el mercado para generar productos similares.”

“Las guías de regulación no son taxativas, sino orientaciones para cada entidad nacional. Nuestro país está tres pasos adelante, a la par de Cuba y México. No es casualidad porque en el contexto regional nuestro país es el único con grandes recursos humanos en biotecnología”, expresa Criscuolo. “Con eso, que es fundamental, buen servicio y precios se puede competir”, cierra.

Por su lado, Corley tiene en mente una estrategia diferente. “Sin dudas, la ‘Big Pharma’ se va a meter a este mercado. Creo que siempre hay un lugar para la innovación, la nuestra es que en cada país hay un lab local compitiendo con las multinacionales”, dice. “Un camino posible son los biobetters, que son biológicos o biosimilares con un twist de innovación y valor agregado”, explica.

La situación local es prometedora. “La Argentina es uno de los cinco países del mundo donde más del 50 por ciento de la facturación y el 60 por ciento de las unidades de productos farmacéuticos vendidos son fabricados por firmas de capitales nacionales. Pasa en tres países del mundo nada más. Pero en la medida en que no podamos hacer base en la biotecnología esta característica va a desaparecer”, advierte Montes de Oca. El desafío para el mercado local —tanto para grandes tanques farmacéuticos como para empresas pequeñas— es aprovechar la oportunidad comercial y tecnológica que traen los biosimilares. 

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Nota publicada en la edición nº 242 (noviembre/2017) de INFOTECHNOLOGY.



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