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Conexión Geek

Largaron los celulares para ser felices y exitosos: cómo lo lograron

Mientras que nueve de cada 10 argentinos tienen un smartphone, hay quienes dependen de la tecnología en sus trabajos diarios pero igual deciden desprenderse de ellos. Si bien algunos ven allí un problema, otros marcan que hay vida más allá de las conexiones digitales.

Por SEBASTIÁN DE TOMA - 24 de Mayo 2018
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Tomar la decisión de desconectarse de la red de redes, aunque sea por un rato, es difícil: internet es parte de la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. No de todas, claro está. Pero, para muchos, la frontera entre la vida social y profesional se ha ido disolviendo: el paradigma “conexionista”, en palabras del crítico de arte y ensayista estadounidense Jonathan Crary, tiene en la más alta estima a la actividad como un fin es sí mismo. Dice en su libro “24/7: El capitalismo tardío y el fin del sueño” que hay que estar siempre haciendo algo, en movimiento, cambiando. “Es lo que da prestigio, la acción continua, mientras que la estabilidad es, por lo general, sinónimo de la inacción.”

Esta sobrecarga de los sentidos, en forma de movimiento constante, está íntimamente relacionada con el universo que hoy rodea a los seres humanos, en donde no existe —figurativamente hablando— un botón de apagado. Esto es lo que argumenta Crary: “Nadie puede estar comprando, jugando, trabajando, blogueando, descargando contenido o mandando mensajes 24/7. Sin embargo, hoy no existe un lugar, momento o situación durante la que no se pueda estar comprando, consumiendo o explotando recursos conectados. Hay una incursión constante de ese ‘no tiempo’ dentro de todos los aspectos de la vida social y personal”.

La desconexión, entonces, se vuelve para muchas personas una necesidad para conservar la cordura. Pero, como suele suceder, los extremos llaman la atención, incluso cuando la cosa es parcial: nadie puede quedar totalmente fuera de los tentáculos de internet, más cuando trabajan en cuestiones relacionadas íntimamente con la tecnología. Y, al no poder darse el lujo de desconectarse completamente, toman la decisión de cortar el hilo por lo más delgado: se deshacen de sus smartphones. O, directamente, nunca los han utilizado.

Cuesta arriba

Los usuarios de entre 15 y 19 son quienes la tienen más complicada. 44 por ciento de ellos admitió que les costaba desconectarse.

Los números sobre el asunto no son contundentes, sin embargo. En Francia, en 2016, el 20 por ciento de la población vivía “desconectada”, de acuerdo a una investigación de la consultora Havas Media. Mientras un 11 por ciento de los estadounidenses no utilizan internet —en base a un estudio del Pew Research Center publicado en marzo de este año—, en este mismo país las personas que tienen problemas para "cortar con la tecnología" están en el podio mundial —según un estudio realizado por la encuestadora GfK durante 2017—. En la Argentina, por caso, esto es más pronunciado: mientras que el promedio mundial se ubica en 34 por ciento, en el país ese porcentaje sube hasta 40.

Hilando un poco más fino, cuanto más joven es la persona, más cuesta desconectarse del smartphone, la tablet y la computadora, en ese orden. Entre los 15 y los 19 años, se les complica cortar amarras al 44 por ciento; este número desciende a 41 entre quienes están entre los 20 y los 29. Y recién arriba de los 50 el grupo de quienes tienen menos dificultad supera a los complicados.

 

Desconexión

Ana Sánchez es diseñadora gráfica y tiene 45 años. Trabaja en una editorial maquetando libros de texto y además tiene un pequeño emprendimiento propio: se dedica a realizar y vender origamis. No solo no tiene smartphone sino que nunca tuvo. “No es que un día decidí desconectarme; directamente no tengo”, cuenta. “La razón es sencilla: pienso que no lo necesito. Para todo me arreglo con el mail y el teléfono fijo.”

Por momentos, admite que se queda “afuera” de diálogos que se dan entre familiares, amigos o grupos de conocidos en WhatsApp pero no la preocupa demasiado. “No soy una persona que necesite estar comunicada todo el tiempo”, afirma, con confianza. “Lo que me pasa últimamente es que cuando mando un mail me lo responden semanas después y me dicen ‘disculpame, es que casi ya no abro la casilla’, así que estoy usando bastante el chat de Facebook para mantenerme comunicada.”

Sin embargo, ese perfil en la red social creada por Mark Zuckerberg no es el de ella, sino el de su emprendimiento. “Lo uso para mostrar y vender las piezas que hago.” Así que no es que Sánchez sea una negada con la tecnología, ya que también por su hobby tiene cuenta en Pinterest y un blog acerca de los origamis. Ahora, justamente, está pensando en abrirse un Instagram porque le dijeron que “Facebook ya fue”. “El uso que les doy a las redes sociales está motivado exclusivamente por mis gustos, pero no me despierta ningún interés el compartir las vidas cotidianas de las personas, sean de aquellos que están cerca de mio o de famosos y gente conocida del espectáculo”, cierra.

“Los smartphones son una herramienta maravillosa pero pueden generar un vínculo adictivo en algunas personas.”

- Elvecia Trigo, psicologa

Henry Sapegno, por su parte, tiene 57 años y su trabajo diario está aún más asociado a la tecnología que el de Ana: es administrador de Plataforma IBM AS/400 en el Banco de La Pampa desde hace 34 años. Sin embargo, durante mucho tiempo estuvo sin celular, hasta que sus hijas (tiene tres) le reclamaron que se compre uno que, además, utiliza para que lo llamen de su trabajo. “Por si pasa algo, porque estamos todo el día pendientes”, dice. No tiene un smartphone, claro, sino un viejo Samsung (cuyo modelo no recuerda), “con teclado y sin WhatsApp”, aclara.

Es raro un administrador de Sistemas con una relación tan distante con la tecnología. “Es una cuestión de minimalismo”, explica. “He tenido internet en mi casa y hasta he trabajado desde ahí, pero ya no. Tuve también Facebook pero no me interesó.”

Su manera de reemplazar al celular desde lo táctil es bien peculiar: tiene una kalimba, un instrumento musical de origen africano también conocido como el “acordeón de mano”, que usa “como placebo del celular, para tener ocupadas las manos”. Henry explica su comportamiento de manera sucinta: “La tecnología mutila muchas capacidades naturales del ser humano”, dice.

Para David Coronel, de 36 años, no tener un celular inteligente se convirtió en un hecho más de su vida. No fue siempre así: tuvo hasta poco después de 2013. “Recién salían y como era líder técnico en un equipo de Globant me dieron uno. Trabajaba las 24 horas del día.”

Luego, al dejar la empresa, el celular se quedó en la Software Factory. “Me volqué a la educación, a trabajar en proyectos educativos relacionados con la enseñanza de la programación en escuelas, y no volví a tener celular”, cuenta. Esto no significa un problema para él pero sí para quienes lo rodean. “Recibo muchos insultos, pero lo que pasa es que me di cuenta de que, cuando resolvía algo desde el celular, eso significaba que era algo que tendría que haber resuelto antes.”

Un detalle que menciona Coronel de su propia personalidad, la ansiedad, también aparece una y otra vez en la investigación que realizó el físico y filósofo español Enric Puig Punyet en “La gran adicción: cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo”. Esta es una razón fundamental para que muchas de las personas que allí cuentan su historia hayan decidido cortar con, en este caso, internet. “El celular alimentaba mi ansiedad”, declara Coronel, que agrega que su esposa —dedicada a la enseñanza de la literatura en el secundario— tampoco usa.

“A veces amigos o familiares, bien intencionados, me regalan o quieren regalar uno, pero me resisto; no quiero.” ¿Cómo resuelve la falta de smartphone en su vida cotidiana? “Teléfono fijo o mail. En muchas reuniones que te dicen ‘usamos WhatsApp’ terminamos usando el mail. Y, si me dicen que me estoy perdiendo de algo por no estar en un grupo, son lugares donde definitivamente no quiero estar.”

 

Posiciones encontradas

Mafalda, el popular personaje de Quino, supo decir que “la vida moderna tiene más de moderna que de vida”. Como todo epigrama, hay una cuota de verdad en la frase que escribió el humorista allá por la década de 1960. Pero también, en palabras de la licenciada Elvecia Trigo (“la primera psicóloga youtuber”, dice ella), “si alguien tuvo que hacer un corte tan drástico es porque no pudieron manejar la relación con el celular”. Se trata de “una herramienta maravillosa”, argumenta, que sin embargo genera “un vínculo adictivo con algunas personas, que no pueden dejar de tocarlo todo el tiempo, que si ‘me puso el visto o no’, ‘si me contestó o no’, para algunos termina convirtiéndose en una razón para existir”.

Señala, por otro lado, que cuanto más joven la persona más difícil es esa desconexión. “La gente joven ha perdido la relación con la espera, pero los que vivimos una época sin smartphones tenemos la capacidad de tolerar esa situación”. Y respecto de quienes nunca decidieron tener un celular inteligente, explica que hay personas que se resisten a lo nuevo. “Introducirse al mundo de la tecnología no es algo sencillo, es gente que se resiste a una sociedad cambiante, casi tienen una patología. Es natural que alguien mayor se resista, pero llama la atención en aquellos más jóvenes.”

Para el doctor Enzo Cascardo —autor de “Tecnoadictos: los peligros de la vida online” junto a María Cecilia Veiga—, la decisión de “no conectarse” es rara y no va con los patrones habituales. Lo más común es, y esto va en línea con lo indicado por Trigo, desconectarse luego de haber experimentado algún problema. “Los celulares inteligentes afectan la comunicación cara a cara y aquellos que se ven muy implicados en algún momento deben decidir cómo lo van a regular. Los smartphones generan ansiedad pero, a la vez, nos dan la seguridad de estar conectados todo el tiempo. No por nada muchos de los que expresan el deseo de ‘irse a vivir al campo’ agregan inmediatamente ‘lo único que necesito es una conexión a internet’.” Lo que este especialista en Psiquiatría recomienda, sí, es tomarse cada tanto “vacaciones del celular, tener una vida aparte”.

El semiólogo José Luis Fernández toma la posición de un investigador, un observador participante. “En todo lo que tiene que ver con las mediatizaciones, siempre hay una distancia entre lo que se declara y lo que se hace con los medios. A mí me gustaría ver, de todos eso que dicen estar desconectados, cuántos lo están realmente”, desarrolla.

A pesar de esto, puntualiza que esta idea de desconexión “va en contra de lo que dicen parte de las ciencias sociales y el periodismo, que están de acuerdo en que uno no puede vivir desconectado”. Hay muchas actividades, sigue, que pueden desarrollarse sin estar conectados. Además, el teléfono también es una conexión, por lo que pueden “pensarse relaciones de socialización en donde las redes no hagan falta”, acota para luego cerrar: “Faltan investigaciones sobre estas personas que deciden desconectarse”.

Elvecia Trigo se autodenomina como “la primera psicóloga Youtuber”. Su canal tiene unos 2.000 suscriptores. 

En todo caso, desconectarse es, evidentemente, una solución para algunas personas. No por nada Leopoldo Marechal escribió “de todo laberinto se sale por arriba”. Pero, y a modo de reflexión final, al autor del “Adan Buenosayres” podría responderle un coetáneo suyo llamado Jorge Luis Borges.  En su cuento “Los dos reyes y los dos laberintos” relata que, cuando un rey quiere vengarse de otro que lo torturó con un laberinto lleno de “escaleras, puertas y muros”, lo abandona en uno donde no hay “ni escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso”. Se trata del desierto. En una sociedad en donde internet se ha transformado en un ente ubicuo y deslocalizado, es de alguna manera ese páramo que menciona Borges, un “no lugar” en donde la posibilidad de escapar no existe.

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Patologías asociadas

Depresión Facebook

Está relacionada con la exposición constante a las redes sociales y se refiere a los estados de ánimo cambiantes vinculados con la interacción que se obtiene (o no) dentro de ellas: si los contactos le dan Me gusta a las publicaciones que postea la persona afectada, si se comenta una publicación de otro y no la propia, o si a la persona la incluyen dentro de un grupo privado de amigos, por citar algunos ejemplos.

Efecto Google

Tiene que ver con la dependencia que aqueja a personas que, en lugar de tomarse el tiempo para recordar un hecho o una serie de datos, directamente recurre al famoso buscador de la compañía de Mountain View, Gogle. La ansiedad y la necesidad de tener todo al instante están íntimamente relacionadas con esta y estimulan un comportamiento compulsivo.

FOMO

Es el miedo a perderse algo (en inglés, Fear Of Missing Out) y también se la conoce como “nomofobia”. Cuando está lejos de su smartphone, por un olvido o un robo, la persona afectada experimenta una sensación de vacío y tiene problemas para concentrarse porque “les falta algo” y que eso que les estaría faltando es más importante que cualquier cosa que estén llevando a cabo en ese momento.

Problemas físicos

Hay varias enfermedades relacionadas con los excesos a la hora de relacionarse con gadgets.   El más conocido es el de la tensión ocular para aquellos que pasan demasiado tiempo frente a la PC. Otros, son la tendinitis por adoptar posturas poco naturales (habitualmente asociadas a los videojuegos) y las dificultades de audición (por escuchar música a un volumen demasiado alto).

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Nota publicada en la edición 248 (mayo/2017) de INFOTECHNOLOGY.



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1 Comentario

Walgang Frey Reportar Responder

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