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Del óleo a los píxeles: así evolucionó el arte en la era de internet

El arte sale de sus formatos tradicionales y se anima a experimentar, también, con la tecnología. Cómo funcionan las comunidades que se encargan de explorar lo estético con nuevos recursos y mayor conectividad.  Por PABLO LABARTA - 09 de Febrero 2018
Del óleo a los píxeles: así evolucionó el arte en la era de internet

Los avances tecnológicos modifican todas las esferas de la vida, desde la salud hasta las formas de interacción social, incluidas las distintas expresiones artísticas que potencian, no solo aprovechan, desarrollos tecnológicos. No es una nueva tendencia, producto del alcance que tomó en el último medio siglo la tecnología: en 1841 la invención del pomo de pintura significó, por ejemplo, la llegada de nuevos movimientos artísticos como el Impresionismo. Hoy, la electrónica y las plataformas digitales están haciendo por el mundo artístico otro tanto. No es poco lo que está en juego: según la Feria Europea de Arte, el mercado mueve US$ 40 .000 millones.

Pero para muchos los conceptos de “arte” y “tecnología” viven en mundos separados; son lejanos y ajenos. ¿Es lo mismo un artista que un ingeniero? Para algunos políticos, la decisión es clara: incluso Barack Obama, expresidente de los Estados Unidos, llegó a decir que aprender cualquier oficio genera mayores ganancias que estudiar Historia del Arte. Sin embargo, para algunos hablar de arte y tecnología como cosas separadas no tiene sentido. Piren Benavídez Ortiz, Magister en Estética de las Artes Electrónicas por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref), es de esa idea. “Se ve desde la etimología misma de las palabras. Los romanos llamaban ‘ars’ a lo mismo que los griegos llamaban ‘techne’. Arte y tecnología van de la mano.”

Piren Benavídez Ortiz, Magister en Estética de las Artes Electrónicas

De alguna manera, los artistas siempre aprovecharon nuevas tendencias y formatos para expresarse; las cosas no son distintas con la llegada del Homo Digitalis. “Cada quien elige sus materiales: algunos prefieren hacer esculturas con arcilla y otros optan por prender luces LED”, señala Benavídez Ortiz que pasa gran parte de su tiempo en una antigua fábrica, que bautizaron Espacio Nixso, transformada en un laboratorio de experimentación artística colmado de plaquetas, piezas cortadas con laser y soldadoras.

Una red de posibilidades

Lucía Velarde es productora musical y parte del equipo del Centro Cultural Matienzo. “El arte es aquello que se hace con lo que tenés a mano”, dice y estima que hoy, más que nunca, la multiplicidad de herramientas empoderan al artista a hacer más y mejor.

La estética cambia, sin embargo. Existe, en los nuevos movimientos artísticos, como el Vaporware, cierto aire minimalista. No es necesario usar una imagen realista, por ejemplo, si un par de luces LED o unos pocos pixeles resuelven el problema. “Si no sabés adónde estás yendo te perdés”, dice el artista audiovisual y productor de sonido Marcelo De la Fuente. Para él, hay que considerar usar menos para concentrarse más. “Tenemos que limitarnos. A veces, usar tres colores y no 10 te permite enfocarte en lo que querés lograr y no en las herramientas”, explica.

La masividad que adquirió la tecnología en el último tiempo, por otra parte, acercó a más personas a actividades que, antaño, eran exclusividad de cierta elite. Hoy hay más ingenieros en proyectos artísticos de lo que parece. “Ellos son quienes tienen las herramientas y más conocen las posibilidades que brinda la electrónica y la programación. Están más sueltos y pueden improvisar”, cuenta Benavídez Ortiz.

Así  también creció la comunidad y el colectivo adquirió otra dimensión. Las instituciones educativas tradicionales todavía se enfocan en los fundamentos y la teoría clásicos y por eso los alumnos necesitan aprender solos sobre el uso de nuevas herramientas para generar contenidos diferentes. Son, de alguna manera, un ejército de autodidactas. “YouTube y los numerosos grupos temáticos que surgieron en las redes sociales son una gran fuente de material educativo que cualquiera puede aprovechar, desde el principiante hasta el profesional”, plantea De la Fuente, quien también da la matería Arte multimedial en la Escuela de Bellas Artes Rogelio Yrurtia.

Mientras que la adquisición de hardware depende de la capacidad financiera de cada proyecto, el software es un importante nivelador. Los programas gratuitos, las herramientas open source y las licencias educativas ponen en manos de quien quiera comenzar con un proyecto las herramientas para concretarlo.

 

Perdidos en lo masivo

La libertad para crear también puede ser un problema. Nicolás Castez, un diseñador gráfico cuyo interés por pasar de intermediario a emisor de sus propios mensajes lo hizo volcarse hacia los videojuegos y fundar el estudio de desarrollo Avix, cuenta que si bien su último título, Turn Right, un juego de carreras para celulares, alcanzó el primer puesto en su categoría en 25 países, la exposición global hizo que aparezcan clones. “Que te clonen un juego es parte del proceso de maduración, también es un homenaje y una forma de validación”, reflexiona Castez. Por un lado, las copias y los remix pueden explorar caminos paralelos en los cuales el original no se embarcó, pero también puede implicar una gran pérdida para el creativo si todavía no alcanzó cierto reconocimiento. La democratización de la difusión de contenidos hizo que la competencia por la atención sea voraz. Antes un artista, alguien que dominaba su técnica, podía destacarse por su manejo de la herramienta. Hoy no alcanza, es necesario ser algo más que una persona común. Cuando ellos publican un juego en la tienda de Google, son conscientes de que cada día aparece otro millón. Así, lo innovador puede quedar tapado por aquellos que hacen más de lo mismo.

El uso del recurso por el recurso mismo es otro de los problemas. “Hoy son las impresoras 3D, pero siempre hubo nuevas herramientas que cambiaron la forma de trabajar. Cuando apareció el compás de tres puntas que te permitía hacer una estatua chiquita y luego replicarla en un tamaño mayor, fue una novedad tecnológica. Hay que poner las herramientas en contexto”, cuenta Benavídez Ortiz. La fascinación y el rechazo por lo nuevo son dos caras de la misma moneda.

Entre tantas conexiones, los artistas se encontraron entre sí. Las colaboraciones a distancia pueden darse sin que se hayan visto las caras e incluso puede que uno no sepa que está colaborando con otro, como sucede en el caso del contenido liberado al dominio público. “El arte sucede con mayor intensidad cuando se trabaja en grupo y personas de distintas disciplinas terminan haciendo cosas que están fuera de su expertise”, explica Velarde. El potencial está en la transdisciplina y la colaboración, pero no siempre se entiende de esta forma. Benavídez Ortiz explica que “está instaurado que los científicos crean la tecnología y los artistas solo la aprovechan” y no se entiende que pueden trabajar a la par.

De la intersección entre lo meramente tecnológico y lo que tradicionalmente es llamado arte surgen los proyectos más disruptivos. Desde la liberación que significó el pomo, que sacó a los artistas de la fría humedad del taller, al abanico de posibilidades que les ofrece un entorno digital, los artistas hoy son inquietos, curiosos. No crean pincel en mano sino que se diversifican en formatos y ocupaciones: algunos lo hacen part-time, como hobby, mientras de día programan para empresas del sector; otros, que se capacitaron en un entorno clásico, lo eligen por su versatilidad. Al fin de cuentas, hoy la interconectividad hace que quien quiera expresarse tengan los recursos y los canales para hacerlo.   


 

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